Las cajas, no vistas como simples objetos materiales útiles para guardar algo, sino como instrumentos que hacen posible la incertidumbre: -¿Qué será lo que hay dentro?. Y más aún, consecuentemente [respecto de aquellas que podemos descubrir el contenido] siendo también ellas quienes permiten la sorpresa, son muy valiosas. Hablo por supuesto de una importancia intangible. Aunque las hay tambien encantadoras y/o costosas materialmente.
A mi, en general, siempre me han fascinado e inquietado, y a algúnos de mis escritores favoritos, les han servido de ingredientes para sus obras.
A mi, en general, siempre me han fascinado e inquietado, y a algúnos de mis escritores favoritos, les han servido de ingredientes para sus obras.
Empiezo con García Márquez, quién núnca deja de sorprender.
¿Qué puede contener un cofre de pirata custodiado por “un gigante de torso peludo y cabeza rapada, con un anillo de cobre en la nariz y una pesada cadena de hierro en el tobillo”? Pues José Arcadio Buendia tuvo que cancelar 30 reales para poder ver el y sus hijos el contenido, en la feria de gitanos que llegó a Macondo… “Al ser destapado, el cofre dejó escapar un aliento glacial. Dentro solo había un enorme bloque transparente, con infinitas agujas internas en las cuales se despedazaba en estrellas de colores la claridad del crepúsculo. Desconcertado, sabiendo que los niños esperaban una explicación inmediata, José Arcadio Buendia se atrevió a murmurar:
-Es el diamante más grande del mundo
-No –corrigió el gitano-. Es hielo.” José Arcadio tuvo que pagar más para poder tocarlo “Y entonces puso la mano sobre el hielo, y la mantuvo puesta por varios minutos, mientras el corazón se le hinchaba de temor y de júbilo al contacto del misterio” y sin saber que decirles a sus hijos, pagó para que pudieran tocar, y el repitió y por repetir “tocar” tuvo que pagar de nuevo “Pagó otros cinco reales, y con la mano puesta en el témpano, como expresando un testimonio sobre el texto sagrado, exclamó:
-Este es el gran invento de nuestro tiempo.
Otra caja de “Cien años de soledad” que asombra, es una de las varias, que contenía los regalos, que enviaba el arruinado aristócrata don Fernando, padre de Fernanda del Carpio [esposa de Aureliano Segundo] a sus nietos cada navidad “Aunque en los cajones no llegó nunca nada que sirviera a los niños para jugar, éstos pasaban el año esperando a diciembre, porque al fín y al cabo los anticuados y siempre imprevisibles regalos constituían una novedad en la casa”. [Casi siempre eran muy grandes, porque contenían estatuas que le quedaban al anciano de su antigua fortuna].
En la décima navidad, “la caja de regalo” llegó con más anticipación, "[...] Los niños se apresuraron a abrir la caja. Ayudados como de costumbre por Aureliano Segundo, rasparon los sellos de brea, desclavaron la tapa, sacaron el aserrín protector, y encontraron dentro un largo cofre de plomo cerrado con pernos de cobre. Aureliano Segundo quitó los ocho pernos, ante la impaciencia de los niños, y apenas tuvo tiempo de lanzar un grito y hacerlos a un lado, cuándo levantó la plataforma de plomo y vió a don Fernando vestido de negro y con un crucifijo en el pecho [...]"
No sobra mencionar el cofrecito que siempre acompañaba a Ursula, regalo de su padre, que contenía monedas de oro, que éste había acumulado con mucho sacrificio y que José Arcadio su esposo, muy a pesar de ella, acabó: primero comprando las mercancias de los gitanos y luego en sus experimentos de alquimia.
También Amaranta Ursula, tenía un cofrecito; éste de pedrería legítima, que en medio de la pobreza y las privaciones no sirvió para nada, siendo que como consideraba Aureliano su "marido-sobrino" y el penúltimo de la estirpe “debía valer tanto como todo el dinero de que hubieran podido disponer, juntos, los últimos habitantes de Macondo”.
Y claro eso sólo podía pasar en Macondo, ya que hasta en un albergue ubicado en “el más desgraciado pueblo de wesfalia” [como lo piensa Cándido] sería facilmente apreciable por cualquiera, el valor de un cofrecito similar a ese. Así lo hace notar, el siempre espléndidamente irónico Voltaire, en su cuento "Cándido o el optimismo":
“Apenas cándido había llegado a su albergue, cuando se sintió atacado por una ligera enfermedad, causada por la fatiga. Como llevaba en el dedo un diamante enorme y se veía en su equipaje un cofrecito prodigiosamente pesado, tuvo en seguida a su alrededor dos médicos que nadie había ido a buscar, algunos amigos íntimos que no le dejaron y dos devotos que hacían calentar sus caldos.”
Y vuelvo a “Cien años de soledad” con las cajitas de Pietro, el desafortunado italiano que tuvo la mala fortuna de relacionarse con “Las Buendia”. A Rebeca le regalaba cajitas de música entre otras muchas cosas, pero de nada le sirvieron, porque lo dejó. Y finalmente, luego del rechazo de la vengativa Amaranta, lo encontraron en su almacén rodeado entre otros: de lámparas encendidas y cajitas musicales destapadas… con las venas cortadas.
Y de las sorpresas de las cajas de Macondo, me voy a las silenas.
En el prólogo de Gragantúa y Pantagruel, Rabelais habla de éstas cajitas, y no puedo permitirme tan sólo citarlo, tanto por la descripción que hace de ellas como por la colación que trae a cuenta, acerca de Sócrates, para finalmente compararlas con su obra [La del mismo Rabelais]; cotejo muy atinado, ya que cuando se acaba de leer, tanto por la riqueza de vocabulario, como por datos de otros libros, anécdotas de la historia y críticas mordaces que poco se atrevian a hacer de ese modo en su época, efectivamente siente uno que encontró una silena y que no se pierde el tiempo “destapándola”.
Fragmento del prólogo de “Gargantúa y pantagruel” de Rabelais:
“Muy ilustres bebedores, y vosotros, galicosos muy preciados [pues a vosotros y no a otros están dedicados mis escritos]: Alcibíades, en el diálogo de Platón titulado El banquete, alabando a su preceptor Sócrates, indiscutible príncipe de los filósofos, dijo, entre otras cosas, que era semejante a las silenas. Las silenas eran en tiempos pasados unas cajitas como las que ahora vemos en las boticas de los farmacéuticos, pintadas por fuera con figuras jocosas y frívolas, tales como arpías, sátiros, ánsares embridados, liebres con cuernos, ocas enalbardadas, machos cabríos voladores, ciervos adornados de flores, y otras pintadas por el estilo, expresamente desfiguradas para mover a risa a la gente, a semejanza de Sileno, maestro del buen Baco. Dentro de ellas se guardaban las drogas finas, como el bálsamo, el ámbar gris, el amomo, el almizcle, la algalla, las piedras preciosas y otras cosas de valor.
Así decía Alcibíades que era Sócrates, pues viéndole por fuera y juzgándole por su aspecto, no habríais dado por él una piel de cebolla, a causa de la fealdad de su cuerpo y de su ridícula presencia, su nariz puntiaguda, su mirada bovina, su rostro de orate, sus costumbres sencillas, vestiduras rústicas, pobreza en bienes materiales, desgracias amorosas, su ineptitud para todos los oficios de la República, siempre riéndose, bebiendo sin tasa ni medida, haciendo burla de todo, Y disimulando siempre su divino saber.
Mas, al abrir esa caja, habríais encontrado dentro una droga celestial e inestimable: entendimiento sobrehumano, virtud maravillosa, coraje invencible, sobriedad sin par, alegría verdadera, confianza absoluta, increible despego hacia todo aquello por lo que los seres humanos tanto se desvelan, corren, trabajan, navegan y luchan.
¿A qué propósito obedece, en vuestra opinión, este preludio y ensayo? Porque vosotros, mis amados discípulos y algunos otros locos ociosos, al leer los festivos títulos de ciertos libros de nuestra invención, como Gargantúa, Pantagruel, Fesse pinte, La dignidad de las braguetas, Las habichuelas con tocino "cum commento", etc., juzgais demasiado a la ligera pensando que en ellos sólo hay mofas, embustes chistosos y tonterías, en vista de que la muestra exterior, es decir, el titulo, se toma comúnmente a burla e irrisión sin intentar averiguar más. Más no conviene juzgar con tal ligereza las obras de los humanos. Porque vosotros mismos decís que el hábito no hace el monje, y hay quien, vistiendo el hábito monacal, lo es todo menos fraile, y quien, envuelto en la capa española, no demuestra en modo algúno el valor propio de los hijos de España. Por eso hay que abrir el libro y pesar cuidadosamente lo que del mismo se dedúce. Entónces sabréis que La droga que guarda en su interior tiene un valor muy distinto del que prometía la caja; es decir, que las materias de que aquí se trata no son tan jocosas como sugería el título. Y en el supuesto de que, en su sentido literal, hallarais materias festivas a tono con el título, no debéis, sin embargo, deteneros en ello, como quién está oyendo el canto de las sirenas, sino que hay que interpretar en el más alto sentido lo que está dicho de modo aparentemente casual y regocijante [...]"
H. de Balzac también echa mano de varios de estos objetos.
En “La piel de zapa”, Rafael, desilusionado, sin una moneda en los bolsillos luego de perder jugando lo poco que tenía; al borde del suicidio y a la espera de que caiga la noche para lanzarse al Sena, entra a una tienda de antiguedades y se encuentra con un mundo de objetos sorprendentes de todos materiales, tamaños y épocas; y finalmente observa una caja de caoba: -¿Qué contiene esa caja? Le pregunta al vendedor, y recibe como respuesta que el dueño de la tienda tiene la llave para abrirla. Bueno, y la curiosidad sube al máximo cuando aparece el dueño, y H. de Balzac se despliega en una descripción, más que detallada de la fisonomia y apariencia del anciano.
Y por supuesto que la importancia de la caja es suprema para el argumento de “La piel de zapa” no porque contenga el objeto protagónista, sino porque de no ser por la curiosidad que le causa a Rafel, no habría conocido al hombre que le proporcionaría la piel de zapa, que le daria “vida” al personaje cumpliendo sus deseos. ¿Qué tenía la caja?... Un cuadro del pintor italiano Rafael Sanzio.
Y la sufrída “Eugenie Grandet” de H. de Balzac, también tiene una cajita, “un necessaire en que el trabajo daba al oro un precio bien superior al de su peso”, y que contenía “dos retratos, dos obras maestras de Mirbel, ricamente orlados de perlas”, [los retratos de los padres de Charles].
Este cofrecito, se lo obsequia Charles, su novio-primo, a Eugenie. Bueno, en realidad no es un regalo, sino que se lo dá, en una especie de garantia por un prestamo [todos los ahorros de la vida de Eugenie, representados en distintas monedas que le ha regalado su ávaro padre y que sumaban aproximadamente seis mil francos] para que él, un jóven de alcurnia, ahora huerfano y con una herencia que solo significa deudas, vaya a buscar fortuna a otros paises. Ella conserva el cofrecito como la más hermosa de las prendas… y no como garantia de una deuda, sino como promesa de amor, como una promesa de regreso.
Canje que le cuesta muy caro, a Eugenie, pues su padre descubre la falta de las monedas, y ella es castigada.
¿Qué puede contener un cofre de pirata custodiado por “un gigante de torso peludo y cabeza rapada, con un anillo de cobre en la nariz y una pesada cadena de hierro en el tobillo”? Pues José Arcadio Buendia tuvo que cancelar 30 reales para poder ver el y sus hijos el contenido, en la feria de gitanos que llegó a Macondo… “Al ser destapado, el cofre dejó escapar un aliento glacial. Dentro solo había un enorme bloque transparente, con infinitas agujas internas en las cuales se despedazaba en estrellas de colores la claridad del crepúsculo. Desconcertado, sabiendo que los niños esperaban una explicación inmediata, José Arcadio Buendia se atrevió a murmurar:
-Es el diamante más grande del mundo
-No –corrigió el gitano-. Es hielo.” José Arcadio tuvo que pagar más para poder tocarlo “Y entonces puso la mano sobre el hielo, y la mantuvo puesta por varios minutos, mientras el corazón se le hinchaba de temor y de júbilo al contacto del misterio” y sin saber que decirles a sus hijos, pagó para que pudieran tocar, y el repitió y por repetir “tocar” tuvo que pagar de nuevo “Pagó otros cinco reales, y con la mano puesta en el témpano, como expresando un testimonio sobre el texto sagrado, exclamó:
-Este es el gran invento de nuestro tiempo.
Otra caja de “Cien años de soledad” que asombra, es una de las varias, que contenía los regalos, que enviaba el arruinado aristócrata don Fernando, padre de Fernanda del Carpio [esposa de Aureliano Segundo] a sus nietos cada navidad “Aunque en los cajones no llegó nunca nada que sirviera a los niños para jugar, éstos pasaban el año esperando a diciembre, porque al fín y al cabo los anticuados y siempre imprevisibles regalos constituían una novedad en la casa”. [Casi siempre eran muy grandes, porque contenían estatuas que le quedaban al anciano de su antigua fortuna].
En la décima navidad, “la caja de regalo” llegó con más anticipación, "[...] Los niños se apresuraron a abrir la caja. Ayudados como de costumbre por Aureliano Segundo, rasparon los sellos de brea, desclavaron la tapa, sacaron el aserrín protector, y encontraron dentro un largo cofre de plomo cerrado con pernos de cobre. Aureliano Segundo quitó los ocho pernos, ante la impaciencia de los niños, y apenas tuvo tiempo de lanzar un grito y hacerlos a un lado, cuándo levantó la plataforma de plomo y vió a don Fernando vestido de negro y con un crucifijo en el pecho [...]"
No sobra mencionar el cofrecito que siempre acompañaba a Ursula, regalo de su padre, que contenía monedas de oro, que éste había acumulado con mucho sacrificio y que José Arcadio su esposo, muy a pesar de ella, acabó: primero comprando las mercancias de los gitanos y luego en sus experimentos de alquimia.
También Amaranta Ursula, tenía un cofrecito; éste de pedrería legítima, que en medio de la pobreza y las privaciones no sirvió para nada, siendo que como consideraba Aureliano su "marido-sobrino" y el penúltimo de la estirpe “debía valer tanto como todo el dinero de que hubieran podido disponer, juntos, los últimos habitantes de Macondo”.
Y claro eso sólo podía pasar en Macondo, ya que hasta en un albergue ubicado en “el más desgraciado pueblo de wesfalia” [como lo piensa Cándido] sería facilmente apreciable por cualquiera, el valor de un cofrecito similar a ese. Así lo hace notar, el siempre espléndidamente irónico Voltaire, en su cuento "Cándido o el optimismo":
“Apenas cándido había llegado a su albergue, cuando se sintió atacado por una ligera enfermedad, causada por la fatiga. Como llevaba en el dedo un diamante enorme y se veía en su equipaje un cofrecito prodigiosamente pesado, tuvo en seguida a su alrededor dos médicos que nadie había ido a buscar, algunos amigos íntimos que no le dejaron y dos devotos que hacían calentar sus caldos.”
Y vuelvo a “Cien años de soledad” con las cajitas de Pietro, el desafortunado italiano que tuvo la mala fortuna de relacionarse con “Las Buendia”. A Rebeca le regalaba cajitas de música entre otras muchas cosas, pero de nada le sirvieron, porque lo dejó. Y finalmente, luego del rechazo de la vengativa Amaranta, lo encontraron en su almacén rodeado entre otros: de lámparas encendidas y cajitas musicales destapadas… con las venas cortadas.
Y de las sorpresas de las cajas de Macondo, me voy a las silenas.
En el prólogo de Gragantúa y Pantagruel, Rabelais habla de éstas cajitas, y no puedo permitirme tan sólo citarlo, tanto por la descripción que hace de ellas como por la colación que trae a cuenta, acerca de Sócrates, para finalmente compararlas con su obra [La del mismo Rabelais]; cotejo muy atinado, ya que cuando se acaba de leer, tanto por la riqueza de vocabulario, como por datos de otros libros, anécdotas de la historia y críticas mordaces que poco se atrevian a hacer de ese modo en su época, efectivamente siente uno que encontró una silena y que no se pierde el tiempo “destapándola”.
Fragmento del prólogo de “Gargantúa y pantagruel” de Rabelais:
“Muy ilustres bebedores, y vosotros, galicosos muy preciados [pues a vosotros y no a otros están dedicados mis escritos]: Alcibíades, en el diálogo de Platón titulado El banquete, alabando a su preceptor Sócrates, indiscutible príncipe de los filósofos, dijo, entre otras cosas, que era semejante a las silenas. Las silenas eran en tiempos pasados unas cajitas como las que ahora vemos en las boticas de los farmacéuticos, pintadas por fuera con figuras jocosas y frívolas, tales como arpías, sátiros, ánsares embridados, liebres con cuernos, ocas enalbardadas, machos cabríos voladores, ciervos adornados de flores, y otras pintadas por el estilo, expresamente desfiguradas para mover a risa a la gente, a semejanza de Sileno, maestro del buen Baco. Dentro de ellas se guardaban las drogas finas, como el bálsamo, el ámbar gris, el amomo, el almizcle, la algalla, las piedras preciosas y otras cosas de valor.
Así decía Alcibíades que era Sócrates, pues viéndole por fuera y juzgándole por su aspecto, no habríais dado por él una piel de cebolla, a causa de la fealdad de su cuerpo y de su ridícula presencia, su nariz puntiaguda, su mirada bovina, su rostro de orate, sus costumbres sencillas, vestiduras rústicas, pobreza en bienes materiales, desgracias amorosas, su ineptitud para todos los oficios de la República, siempre riéndose, bebiendo sin tasa ni medida, haciendo burla de todo, Y disimulando siempre su divino saber.
Mas, al abrir esa caja, habríais encontrado dentro una droga celestial e inestimable: entendimiento sobrehumano, virtud maravillosa, coraje invencible, sobriedad sin par, alegría verdadera, confianza absoluta, increible despego hacia todo aquello por lo que los seres humanos tanto se desvelan, corren, trabajan, navegan y luchan.
¿A qué propósito obedece, en vuestra opinión, este preludio y ensayo? Porque vosotros, mis amados discípulos y algunos otros locos ociosos, al leer los festivos títulos de ciertos libros de nuestra invención, como Gargantúa, Pantagruel, Fesse pinte, La dignidad de las braguetas, Las habichuelas con tocino "cum commento", etc., juzgais demasiado a la ligera pensando que en ellos sólo hay mofas, embustes chistosos y tonterías, en vista de que la muestra exterior, es decir, el titulo, se toma comúnmente a burla e irrisión sin intentar averiguar más. Más no conviene juzgar con tal ligereza las obras de los humanos. Porque vosotros mismos decís que el hábito no hace el monje, y hay quien, vistiendo el hábito monacal, lo es todo menos fraile, y quien, envuelto en la capa española, no demuestra en modo algúno el valor propio de los hijos de España. Por eso hay que abrir el libro y pesar cuidadosamente lo que del mismo se dedúce. Entónces sabréis que La droga que guarda en su interior tiene un valor muy distinto del que prometía la caja; es decir, que las materias de que aquí se trata no son tan jocosas como sugería el título. Y en el supuesto de que, en su sentido literal, hallarais materias festivas a tono con el título, no debéis, sin embargo, deteneros en ello, como quién está oyendo el canto de las sirenas, sino que hay que interpretar en el más alto sentido lo que está dicho de modo aparentemente casual y regocijante [...]"
H. de Balzac también echa mano de varios de estos objetos.
En “La piel de zapa”, Rafael, desilusionado, sin una moneda en los bolsillos luego de perder jugando lo poco que tenía; al borde del suicidio y a la espera de que caiga la noche para lanzarse al Sena, entra a una tienda de antiguedades y se encuentra con un mundo de objetos sorprendentes de todos materiales, tamaños y épocas; y finalmente observa una caja de caoba: -¿Qué contiene esa caja? Le pregunta al vendedor, y recibe como respuesta que el dueño de la tienda tiene la llave para abrirla. Bueno, y la curiosidad sube al máximo cuando aparece el dueño, y H. de Balzac se despliega en una descripción, más que detallada de la fisonomia y apariencia del anciano.
Y por supuesto que la importancia de la caja es suprema para el argumento de “La piel de zapa” no porque contenga el objeto protagónista, sino porque de no ser por la curiosidad que le causa a Rafel, no habría conocido al hombre que le proporcionaría la piel de zapa, que le daria “vida” al personaje cumpliendo sus deseos. ¿Qué tenía la caja?... Un cuadro del pintor italiano Rafael Sanzio.
Y la sufrída “Eugenie Grandet” de H. de Balzac, también tiene una cajita, “un necessaire en que el trabajo daba al oro un precio bien superior al de su peso”, y que contenía “dos retratos, dos obras maestras de Mirbel, ricamente orlados de perlas”, [los retratos de los padres de Charles].
Este cofrecito, se lo obsequia Charles, su novio-primo, a Eugenie. Bueno, en realidad no es un regalo, sino que se lo dá, en una especie de garantia por un prestamo [todos los ahorros de la vida de Eugenie, representados en distintas monedas que le ha regalado su ávaro padre y que sumaban aproximadamente seis mil francos] para que él, un jóven de alcurnia, ahora huerfano y con una herencia que solo significa deudas, vaya a buscar fortuna a otros paises. Ella conserva el cofrecito como la más hermosa de las prendas… y no como garantia de una deuda, sino como promesa de amor, como una promesa de regreso.
Canje que le cuesta muy caro, a Eugenie, pues su padre descubre la falta de las monedas, y ella es castigada.
Luego de siete años, la promesa de regreso no se cumple, pero a cambio, Eugenie recibe una carta, en la que Charles le anuncia su matrimonio con una rica heredera, y el giro del pago de la suma debida.
Y además le solicita el envio del cofre por diligencia...
"[...] –¡Por la diligencia! –exclamó Eugenia–. ¡Una cosa por la que yo hubiese dado mi vida!."
Y además le solicita el envio del cofre por diligencia...
"[...] –¡Por la diligencia! –exclamó Eugenia–. ¡Una cosa por la que yo hubiese dado mi vida!."
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