Un día cómo hoy, hace muchos años se fue mi abuelo.
Mi abuelito de bendita memoria, que sin saber judaísmo, me enseñó el amor gratuito.
Gracias abuelo de mi alma. Que El Eterno te tenga en Su Santa Paz.
«(...) A mi retorno, no iré enseguida hacia las gentes que amo. (laminare a la sombra de los rugosos muros altos y antiguos y saciaré mis manos en la taza colmada de la fuente y arrancaré una brizna de hierba y sentiré su gusto primaveral en mis labios y aspiraré la noche, plena de familiares fragancias... y sabrán las cosas que he vuelto y habrá en la noche como una fiesta escondida entre las viejas casas y mi alma».
B. Gran Guignol, Sevilla, Año 1, N° 3, 24 de abril de 1920.
La noble casa con su ancha rampa:
qué bello quiere mostrárseme su brillo gris.Me quedé pensando en lo del otro día, si es insensibilidad o se me ocurrió, si acaso es fortaleza no enojarse cuando alguien tiene una actitud incorrecta o palabras desacertadas respecto de uno. Pero ayer (y eso que la oro todos los días) me di cuenta de que en la Amidá pedimos A Él Creador que nos haga insensibles ante las ofensas de los demás. De modo que se trata de una insensibilidad positiva... Y claro, es una respuesta a la oración que seguro se encuentra conectada también con la paz y con la fortaleza...
Alguien pronuncia la palabra río, y se me viene a la memoria el Tajo y no el río de su pueblo (de Pessoa) si no el Tajo que es más bello, pero no es más bello que el río de su pueblo.
Y pienso con desconcierto cuántos sentimientos ya no tengo y de cuántas cosas y seres me siento libre porque ya no los extraño y no los necesito por maravillosos y fascinantes que hayan sido para mí en su momento... por indispensables e imprescindibles que los haya considerado mi alma.
Y eso que fueron, es algo que agradezco y llevaré como una piedra preciosa en algún lugar de mi corazón que nadie (ni esos mismos seres que quedan allí) me podrá arrebatar.
No sentir es en cierto modo amar porque solo desde ese no sentir, se puede perdonar, y avanzar ya sin necesidad de barreras ni obstáculos autoimpuestos, porque ya ni por curiosidad hace falta voltear más hacia atrás.
«(...) recordé una frase de Rudolf Steiner en su libro sobre antroposofía (que fue el nombre que dio a la teosofía). Dijo que cuando algo concluye, debemos pensar que algo comienza. El consejo es saludable, pero es de difícil ejecución, ya que sabemos lo que perdemos, no lo que ganaremos. Tenemos una imagen muy precisa, una imagen a veces desgarrada de lo que hemos perdido, pero ignoramos qué lo puede reemplazar, o suceder».
J. L. B.
«Me he creado eco y abismo, pensando. Me he multiplicado profundizándome. El más pequeño episodio —una alteración que sale de la luz, la caída enrollada de una hoja seca, el pétalo que se despega amarillecido, la voz del otro lado del muro o los pasos de quien la dice junto a los de quien la debe escuchar, el portón entreabierto de la quinta vieja, el patio que se abre con un arco de las casas aglomeradas a la luz de la luna—, todas estas cosas, que no me pertenecen, me prenden la meditación sensible con lazos de resonancia y de añoranza. En cada una de esas sensaciones soy otro, me renuevo dolorosamente en cada impresión indefinida (...)».
F. P. en El libro del desasosiego
Ni aquella tarde ni la otra murió el ilustre Giambattista Marino, que las bocas unánimes de la Fama (para usar una imagen que le fue cara) proclamaron el nuevo Homero y el nuevo Dante, pero el hecho inmóvil y silencioso que entonces ocurrió fue en verdad el último de su vida. Colmado de años y de gloria, el hombre se moría en un vasto lecho español de columnas labradas. Nada cuesta imaginar a unos pasos un sereno balcón que mira al poniente y, más abajo, mármoles y laureles y un jardín que duplica sus graderías en un agua rectangular. Una mujer ha puesto en una copa una rosa amarilla; el hombre murmura los versos inevitables que a él mismo, para hablar con sinceridad, ya lo hastían un poco: Púrpura del jardín, pompa del prado, gema de primavera, ojo de abril...
Entonces ocurrió la revelación. Marino vio la rosa, como Adán pudo verla en el Paraíso, y sintió que ella estaba en su eternidad y no en sus palabras y que podemos mencionar o aludir pero no expresar y que los altos y soberbios volúmenes que formaban en un ángulo de la sala una penumbra de oro no eran (como su vanidad soñó) un espejo del mundo, sino una cosa más agregada al mundo.
Esta iluminación alcanzó Marino en la víspera de su muerte, y Homero y Dante acaso la alcanzaron también.
B.
Dices que puede que no sea coincidencia que algo hermoso hecho de piezas rotas se llame mosaico... Las palabras se van extraviando en el aire azulado de la tarde. El ave preciosa canta por primera vez casi su último canto (entonces no lo supe, más mi alma lloró) Recuerdo el shiur de las letras solitarias por las que El Eterno crea un orden distinto, para que se junten y no estén solas. Amo tu lenguaje que no entiendo pero que siento como una melodia lejana y sin embargo, no extraña, tan familiar a mi corazón...
La luz apenas se bosqueja y la enredadera es ya un dibujo. Tan lejos del tiempo, las espigas marcando la ruta poblada de mis aves, de mis aves amadas.
Mi corazón canta para siempre la canción del viento entre sus alas cuando correteaban pequeñas mariposas. Los meses se van como minutos, los días transparentes y preciosos, como joyas estampadas en mi alma. El milagro del amor que nos dio El Creador.
“Solo lo que se ha ido (y nos ama) es lo que nos pertenece”.