miércoles, mayo 16, 2012


“Cierra tu boca mientras tu corazón esté cerrado”
                                                                              Pitágoras

Uno de mis pasajes favoritos de Gargantùa y Pantagruel, describe como ciertas palabras pronunciadas hacia ya mucho tiempo, habían quedado “congeladas” en el aire, pudiendo ser observadas posteriormente por algunas personas que pasaban por el lugar en que se habían dicho en el pasado.
Los hebreos enseñan que cada palabra que sale de nuestras bocas, queda grabada en el cielo.
Una de las frases más contundentes referidas explícitamente a la facultad del habla, que dijo Yeshua [Jesús] fue: “No lo que entra en la boca contamina al hombre; sino lo que sale de la boca, esto contamina al hombre” la enseñanza ligada absolutamente a la Torá, guarda la fuerza de creencias y tradiciones del pueblo israelita y tiene base en directrices como: “No juzgues a tu prójimo hasta estar en su lugar”, o “Quién guarda su boca guarda su alma” como dijo el Rey Shlomó.
Las consideraciones antiguas de los hebreos contemplan que el pecado de Lashón Hará consistente en maldecir, calumniar, murmurar o decir comentarios negativos acerca de los demás [aunque fuesen verdad] conllevaba  la enfermedad de tzaraat, una especie de afección de la piel similar a la lepra [algunos consideran que era la lepra misma] el ejemplo más directo de ello, acontece cuando Miriam la profetiza hermana de Moshé, murmura contra su hermano y es atacada por la enfermedad.
 De acuerdo a las instrucciones Divinas, quién la padeciera debía ser apartado de la comunidad… Los sabios explican que la causa de esta medida era la justicia retributiva: Tal como el afectado, separó a amigos  y familias con sus palabras, merecía ser separado de su comunidad. Posteriormente pasaba por un ritual de purificación, y si se restablecía podía regresar.
Los sabios recuerdan que existen 4 “portones” aunque sea para una simple palabra: garganta, dientes, labios y lengua. Y que la lengua misma tiene dos “portones”. Los libros de Proverbios y Eclesiastés están poblados de frases alusivas al tema y hay una entre todas, sencilla y directa: “El que ahorra sus palabras tiene sabiduría”… y resulta difícil [mucho], lo sabía  Ernest Hemingway: “Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar”. Lo sabía mejor Freud: “Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla.” Y además de todo, sin duda también porque como dice el proverbio “Aun el necio cuando calla es contado por sabio" muchas veces lo mejor que podemos hacer, es callar.

5 comentarios:

dago dijo...

Cierto, Paola, cuántas veces la imprudencia ha causado dolor, cuántas veces palabras ligeras han roto una amistad, cuántas veces la verborrea ha herido de muerte la reputación de las personas. Ah difícil callar, ser prudente.

peruturismo dijo...

Estoy de acuerdo contigo Dago, cuantas veces por palabras sin sentido la persona se sumerge en lo mas miserable sin haber cometido error alguno, prudencia...es tan fácil de entender pero difícil practicarla.

Paola Arciniegas dijo...

Cierto... Gracias por sus comentarios :)

Aarón dijo...

Más que callar, deberíamos ser responsables con lo que decimos. Al callarnos dejamos de ser nosotros mismos. Si bien en cierto que algunas veces no medimos las palabras, no deberíamos negarnos, porque eso será contraproducente. Insisto, más que callar hay que saber hablar. Saludos! :D

Paola Arciniegas dijo...

También es válido lo que dices, Aarón. Gracias por tu comentario :)

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