«Esta tarde es la última. Lo sé.(...) Me conformo con morir aquí, en el centro falso de un patio. Parece mentira que alguien (...) me borrará del mundo».
L. T. N.
Las banderillas de colores, el capote al viento. Y el público ríe. La mujer del palco -de turno- a quien el torero le dedica una mirada suya -y una oreja del toro- ríe. El torero ríe. Mientras el toro se desangra de tristeza no por las heridas, sino por el engaño. Y no alcanza a ver en su melancolía e inútil esperanza, que viene la final, la última estocada, la posterior a sonreírle de nuevo a la mujer del palco. Sonríen juntos, ambos sonríen mientras el toro soporta lo indecible.
Así tenía que ser luego de tantas, no con Borges… ese fue el esplendor de entrada al ruedo. No con Sartre o Simone, ni Scott Fitzgerald (tan de ellos) ni Camus, ni Cervantes, ni Rilke ni Ciorán. No con Rosseau -no era digno de ese honor solo porque no era nuestro- tenia que ser con algo querido, una banderilla de un color tenue amarillo... No con Macedonio, con Pessoa.
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