domingo, octubre 04, 2020

Última corrida en Paris y/o París es una fiesta


 «Esta tarde es la última. Lo sé.(...)  Me conformo con morir aquí, en el centro falso de un patio. Parece mentira que alguien (...) me borrará del mundo».

L. T. N.

Como el toro lanzado a la arena la tarde última, pensando que el torero lo invita a un juego hermoso. Así se adentra al ruedo, alegre lleno de esperanza como quien confiado ama y se entrega sin pensar siquiera. Luego las estocadas. Una tras otra, en el lomo, en el costado, recibidas con un dolor inefable primero en silencio; luego con quejidos

Las banderillas de colores, el capote al viento. Y el público ríe. La mujer del palco -de turno- a quien el torero le dedica una mirada suya -y  una oreja del toro- ríe. El torero ríe. Mientras el toro se desangra de tristeza no por las heridas, sino por el engaño. Y no alcanza a ver en su melancolía e inútil esperanza, que viene la final, la última estocada, la posterior a sonreírle de nuevo a la mujer del palco. Sonríen juntos, ambos sonríen mientras el toro soporta lo indecible.

Así tenía que ser luego de tantas, no con Borges… ese fue el esplendor de entrada al ruedo. No con Sartre o Simone, ni Scott Fitzgerald (tan de ellos) ni Camus, ni Cervantes, ni Rilke ni Ciorán. No con Rosseau -no era digno de ese honor solo porque no era nuestro- tenia que ser con algo querido, una banderilla de un color tenue amarillo... No con Macedonio, con Pessoa.

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