«Antes el vuelo del ave que pasa y no deja rastro,
que el paso del animal, que deja su recuerdo en el suelo.
El ave pasa y se olvida, y así debe ser.
El animal, donde ya no está y por eso de nada sirve,
muestra que ya estuvo, lo que no sirve para nada.
El recuerdo es una traición a la naturaleza,
porque la naturaleza de ayer no es naturaleza.
Lo que fue no es nada, y recordar es no ver.
¡Pasa, ave, pasa, y enséñame a pasar!»
Soñé que los veía por una rendija. Leían un libro, un texto corto; luego ella se alejaba a hacer algo, y él lo releía. Ella lo observaba feliz mientras él lo leía de nuevo. De pronto él veía hacia mí, con la inquietud de que alguien lo observara; mientras yo pensaba que aunque quisiera, por mucho tan sólo alcanzaría mi sombra. Entonces pasó un pájaro gris atravesando el cielo (el del sueño si era un pájaro) cómo dijo Borges; allí desperté como quién despierta de un sueño feliz y a la vez de una pesadilla, no ví el reloj. Era de madrugada, una luz tenue se filtraba. Volví a dormir y soñé alguna cosa triste, vaga, lejana.
Esta mañana soleada, llena de música y de aire, -tan azul mi memoria- me llevó a este texto casi olvidado de Pessoa, que extrañamente se parece a «Lo que era todo tiene que ser nada» de Borges.
Ahora me queda apenas el recuerdo de una sensación de un simple sueño; los restos de un asombro que decrece inevitable, incesante hacia la nada.
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