Cuando El Eterno le dijo a Moshé que le ordenara al Mar rojo (Yam suf) que se abriera; el mar se negó ante Moshé diciendo que había sido creado antes que él, y que no se iba abrir ante un hombre, El Eterno le dijo a Moshé que extendiera la vara. Los hebreos tenían atrás a Paró (faraón) y todo su ejército y adelante el mar…
Unos se quejaban diciendo que mejor se habrían quedado en Egipto,
otros lanzaban flechas a los egipcios; se aventuraban a la guerra
otros oraban
y entonces fue cuando Najshón, el hijo de Aminadav, de la Tribu de Iehuda confiando en las palabras del Eterno se lanzó a las aguas a pasarlas y allí en un instante Apareció El Eterno, y el milagro se dio: Moshé ordenó y el mar se abrió.
Este es el mundo de la acción, oramos sí, confiamos en El Eterno, pero también «hacemos».
Una de las cosas más hermosas de este milagro, es que se supo en todo el mundo; pues increíblemente todas las aguas se partieron: desde la de los otros mares y ríos, hasta la que estaba en un vaso… fue un acto maravilloso del que se enteró en ese momento, toda la humanidad.
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