sábado, noviembre 20, 2021

 En vano -para ese instante- aprendí el valor de las hierbas y flores: que cada una tiene un Ángel. No me sirvió Wilde, ni Maeterlink ni Borges, ni Szymborska, ni Pessoa, ni Thoreau. No me sirvió la literatura, ni la ternura, ni siquiera el amor.

Había trabajado las últimas horas del día, en un corredor de flores. Cayó la tarde… en medio de las sombras, decidí seguir a sabiendas de que no estaba bien trabajar la tierra habiéndose ocultado el sol. Arranqué con fuerza las últimas hierbas que ahogaban las flores, mientras le decía a mi hermana que era lo último, porque no debía hacer eso en esas horas.

Al día siguiente yacía entre la hierba, entre «esa hierba» la pequeña flor que amé, la única de tonos violeta con tintes rosa, negro, amarillos. Un pensamiento salvaje, única. La que había preguntado a mi hermana si habría otra en algún lugar y me había respondido que no había visto, de la que dije que quizá había traído un pájaro. Cuánta culpa y tristeza ¿de qué sirven mis lamentos? La herida en el corazón, el dolor en el alma ¿Que arranqué, que dañé? ¿Que fué lo que lastimé por mi torpeza?... ¿A quién le dolió más, a su ser, a mi alma? 

Quizá el dolor de ella termine, quizá no la haya arrancado de raíz y florecerá de nuevo entre la tierra negra como una chispa de luz, como un milagro...

¿pero el mio… mi dolor?

¿Como, cuándo?... ¿hasta cuándo?

4 comentarios:

Salomón dijo...

—Hablando en general, nosotros construimos para perdurar, y los japoneses para la impermanencia. En Japón hay pocas cosas de uso corriente que se hagan para durar. Así, las sandalias de paja, que se estropean y se sustituyen en cada etapa de un viaje; la ropa, hecha de una serie de telas cosidas de cualquier forma para poder vestirlas, y que se descosen de nuevo para lavarlas; los palillos nuevos que recibe cada cliente que llega a un hotel; los ligeros marcos shōji, que sirven como ventanas y como puertas, y cuyo papel se sustituye dos veces al año; y los suelos, que se cambian cada otoño no son más que ejemplos sueltos de las muchas pequeñas cosas de la vida cotidiana que muestran que los japoneses se encuentran muy a gusto con la impermanencia.

Lafcadio Hearn - "kokoro"

Paola dijo...

Salomon, gracias por su comentario… el texto es bello y no contradice que ese modo de usar lo impermanente no es ciertamente el menosprecio de lo permanente. Si no que precisamente puesto que aprecian en su real valor todas las cosas, las usan aunque “se venzan” e implique «volver a construir» cosas que a los demás parecen inútiles porque “claudican”. De otro lado entienden la importancia de la vida y la diferencia entre lo imperecedero y lo perecedero acorde a lo que decía Borges, algo así como que los ríos son inmortales y el mármol es eterno. Tienen un respeto especial y una consideración particular hasta por el insecto más pequeño, por la flor más insignificante.
Me hace pensar aquí usted, en la comparación del modo de ver las cosas, de las distintas perspectivas de las personas, tratándose de seres y sentimientos a los seres, a otra persona...Alguien puede ver eternidad donde otro ve inmortalidad. Alguien puede jugar mientras otro da la vida, alguien puede clavar una mariposa en un alfiler o pisotear una flor, o simplemente usarlas como adornos, otro puede cuidarlas y amarlas.

Salomón dijo...

Oh detente bello instante, decía Goethe. Quizá porque lo bello, para él, era una constante fuga. Entonces me pregunto... si lo bello es una rosa y la rosa muere ¿a dónde irá a parar lo bello? O como dijo Nietzsche: «¡Oh fantasmagórica belleza! [...] ¿Es cierto que está ahí mi felicidad, en ese apacible lugar, mi yo más feliz, mi segundo yo eternizado?». La respuesta es maligna. Porque implica suponer, primero, que las cosas no son bellas en sí. Segundo, que lo bello es mudanza. Tal vez esto lo sabía Rilke. En sus elegías escribió: «Lo bello no es sino el comienzo de lo terrible». Otra respuesta hay. De mayor esperanza pero no menos destructiva. Para esto citaré a Hölderlin. Cito: «El hombre no soporta sino por instantes la plenitud divina». Así, como no se puede detener la primavera (esto es de Neruda) cortando sus flores, no se puede detener la belleza aniquilando los cuerpos.

Paola dijo...

A mi me gusta su modo de ver las cosas, aunque disiento de su interpretación. Goethe como los japoneses, sabía apreciar las cosas en su real magnitud, queria hacee notar que lo fugaz también vale, también sirve, también es bello: «estamos aquí para hacer perdurable lo fugaz” es decir darle su valor a lo que aparentemente es insignificante o transitorio. Porque de hecho, de lo que perdura, de lo que es eterno, lo sabemos, no porque creyera que la belleza es fugaz. También dijo que un arcoiris que dure mucho, termina por no querer apreciarlo. Para mi que Rilke dice que la belleza es terrible porque no habla de la belleza normal, sino de la inalcanzable de la sublime, del amor no correspondido, imposible. Igual Hölderlin.

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