Han sido días tristes, de desconciertos, y también de despedidas. Mi mejor amiga se mudó de ciudad y he tenido un poco de nostalgia por todo. He estado baja de ánimo pero ayer me ocurrió algo especial. El hijo de la señora de una de las casas más lindas de la cuadra debe tener más o menos 50 años. De vez en cuando viene a cuidar el jardín en su mayoría sembrado de rosas. La puerta del centro deja entrever una escalera de baranda dorada con tapete rojo… es una de las pocas casas vecinas a las que no he entrado. No me había fijado detenidamente más que nada en que por lo general H. viste de sastre y tennis.
En todos estos años, no habíamos pasado de un saludo cordial de lejos, pero ayer nos encontramos en el supermercado que de hecho queda muy cerca, pero él iba en su carro. A la salida se ofreció a traerme y me negué pero insistió. Acepté, pero no me sentía cómoda.
La charla se centró en cosas de derecho, de la pandemia y menos mal -pensé- es muy corto el viaje; pero se bajó a abrirme la puerta y seguimos charlando de pie… no suelo ser tan amable y me zafo de las personas fácil, pero esta vez me vencía -otra vez- la pena de ser descortés. Hablábamos del notario de la Notaría cercana -un costeño muy amable- y de pronto en un momento extraño, me miró fijamente y dijo sorprendido: tienes ojos verdes… y agregó de prisa pareces alemana, debes ser alemana (Pensé en que estaba pálida, que mis ojos sin maquillaje delatan más mi desaliento y fragilidad) Bueno, de inmediato le dije riendo: pero alemana judía: ashkenazi. ¿Judía? -me dice- –yo soy judío, mi abuela fue exiliada de Alemania... estaba en la Yeshivá de Lubavitch acá cerca pero hace tiempo no seguí. En este punto todo se mueve rápidamente como la escena de una novela de Balzac. Me pregunta ¿tocas piano? Yo (por supuesto): no. Me mira asombrado como si le extrañara que no lo hiciera. –¿Quieres que te enseñe? Y yo que sí que claro (solo como cortesía porque aunque me encante el piano, no se como me sentiría tomando lecciones de H.) me dice que el piano está en casa de su madre. Hablamos de januká. Y bueno, me despido un poco de afán y con una sensación tan extraña… una señora judía vive enfrente y yo no lo sabía. De pronto un hombre que todos estos años veía llegar de visita donde su madre, lo veia tan normal y resulta ser judio. En la noche escucho un shiur de Pirkei avot y dice que puede pasar mucho tiempo que tengamos los ojos cerrados para ver ciertas cosas y de repente El Eterno nos las muestra.
La januká de hace dos años, me pasó a media cuadra de salir de casa, encontrarme con un anciano distinguido, alto de ojos claros, que llevaba sombrero y sastre, pero me parecía que estaba pidiendo dinero. Yo no sabía distinguir si era una persona humilde… pero me arriesgué y me acerqué y le di algo. La mirada fue impresionante de bella y la voz. Me fui pensando que era judío.
Al parecer januká trae esas pequeñas alegrías como luces vivas. La historia de ayer no es una historia romántica, sino de afinidad. Supongo que está casado y tampoco se debe ser amiga de un hombre casado, a menos que fuese conservando quien sabe que distancia o conociendo a la esposa. Ahora solo espero que no coincidamos y que el ofrecimiento quede allí flotando como algo bello, como el fruto de un instante de asombro y conexión especiales que El Eterno me regaló para mostrar cuántas cosas ignoramos.
2 comentarios:
: (
El día en que sin saberlo
hacemos por última vez una cosa
—mirar una estrella,
atravesar una puerta,
amar a alguien,
escuchar cierta voz—
si algo nos advirtiera
que nunca volveremos a hacer eso,
probablemente la vida se detendría
como un muñeco sin niño ni resorte.
Sin embargo, cada día
hacemos algo por última vez
—mirar un rostro,
llamarse con su propio nombre,
terminar de gastar un zapato,
probar un temblor—
como si la primera vez o la milésima
pudiera preservarnos de la última.
Nos haría falta un tablero
con todas las entradas y salidas marcadas,
donde se anuncie claramente, día por día,
con tiza de colores y con vocales
qué le toca terminar a cada uno,
hasta cuándo se hace cada cosa,
hasta cuándo se vive
hasta cuándo se muere.
Roberto Juarroz
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